Territorio y Experiencia

En la Fundación CEPAIM, a lo largo del año 2013 y 2014  estamos desarrollando el Programa para la transferencia de Buenas Prácticas en materia de integración de personas inmigrantes a través del fomento de la participación y la promoción de la convivencia a nivel local financiado por el Ministerio de Empleo y Seguridad social, la Secretaría General  de  Inmigración y Emigración, a través de la Dirección General de Migraciones;  y cofinanciado por el Fondo Europeo para la Integración.

Los objetivos son favorecer la cooperación y el intercambio de conocimientos entre organizaciones sociales de distintos contextos para la mejora de la gestión de la diversidad en los barrios españoles y europeos y contribuir a la creación de redes de intercambio y transferencia de buenas prácticas a nivel europeo  y espacios de encuentro y reflexión compartida.

La Fundación CEPAIM es una organización independiente, cohesionada y sostenible que da respuestas a dinámicas sociales relacionadas con el hecho migratorio y quiere promover un modelo de sociedad intercultural que facilite el acceso pleno a los derechos de ciudadanía de personas migrantes, desarrollando políticas de lucha contra cualquier forma de exclusión social y colaborando en el desarrollo de sus países de procedencia.

Criterios como la innovación  y creatividad respecto a la intervención y acción comunitaria a nivel local, la promoción de la participación de personas y colectivos sociales diversos a nivel local, el impacto en la mejora de la convivencia de las personas y colectivos diversos que habitan el espacio local, el trabajo en red y la transferibilidad, serán fundamentales para  identificar  una buena práctica.

Buenas prácticas,  modos de mirar y habitar el espacio local

Cuando hablamos de buenas prácticas a menudo nos situamos en el terreno  del ‘deber  ser’, con posicionamientos normalizadores que  constituyen  una forma de negación  de las diferencias. Una experiencia se convierte o es una buena práctica, cuando de ella se pueden extraer aprendizajes y conocimientos que pueden ser aportaciones importantes para otras experiencias. En el desarrollo de dicha experiencia  hay elementos, aspectos y momentos que trazan itinerarios de igualdad, respeto a las diferencias, fomento de la participación y la convivencia, promoción del asociacionismo, entre otros aspectos, que merecen ser compartidos con otras entidades y actores sociales y en otros territorios. Vislumbrar esos itinerarios es uno de los objetivos de nuestro proyecto, para compartir los saberes y promover  el trabajo en red.

Una experiencia o proyecto considerado una buena práctica no pretende ser una receta para la intervención social y comunitaria sino una orientación, una luz, un faro capaz de alumbrar nuevas ideas, nuevas metodologías, o la revisión de las que ya existen,  con las que mirar, acercarnos y analizar la realidad social,  la acción comunitaria y ser más conscientes de dónde nos situamos, para seguir avanzando porque sabemos que en la acción comunitaria nos encontramos con una gran riqueza, diversidad y multiplicidad de enfoques, perspectivas, tradiciones, estrategias, metodologías, técnicas, prácticas y participantes, y nada es generalizable.

Las buenas prácticas son, además, el resultado de  procesos, ideas,  acciones, emociones, sueños, siempre orientados a mejorar la vida de las personas que habitan y dan sentido a un territorio. Una buena práctica, en un primer momento, nos remite a pensar en una manera sostenible de mirar al mundo, a nuestros mundos inmediatos, los que suceden en el plano local, en nuestra calle, en nuestros barrios y en nuestros municipios.

El programa ha identificado y catalogado aquellas experiencias que, por un aspecto u otro, o varios a la vez, son susceptibles de conocerse, compartirse,  transferirse y adaptarse a otros territorios, en las que el fomento de la participación y la promoción de la convivencia a nivel local son fundamentales. No creemos que los modelos sean extensibles, pero si las bases de los procesos.

Una “buena práctica” es un conjunto de acciones que introduce mejoras en las relaciones, los procesos y las actividades; orientadas a producir resultados positivos sobre la calidad de vida (satisfacción y bienestar

personal y emocional) de las personas. Y corresponden a procesos conducentes, desde un enfoque innovador, a incidir en la consecución del fomento de la participación y la promoción de la convivencia a nivel local en distintos contextos locales, es decir, que una buena práctica debe seguir siéndolo al ser transferida a diferentes espacios sociales y culturales.

La diferencia entre una buena práctica y una práctica buena viene marcada por el cumplimiento de dos criterios. Una buena práctica es efectiva, sostenible, innovadora y replicable, según señala la UNESCO (2000) . Efectiva significa que debe tener impacto tangible y positivo; sostenible, porque debe poder mantenerse en el tiempo (recursos económicos,

sociales, etc). y producir efectos duraderos en la erradicación parcial o total de una problemática social; innovadora, porque tiene que desarrollar soluciones nuevas o creativas a problemas comunes; y por último, replicable, para servir de guía o modelo en otros contextos.

Por su parte, una práctica buena reúne los criterios de efectividad y sostenibilidad, no teniéndose en cuenta si tiene un carácter innovador o si tiene potencialidad para ser transferible o replicable en otros contextos. Una práctica buena, puede llegar a convertirse en una buena práctica, no cabe duda, pero no siempre llega a serlo.

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